Otra manera de llegar al Cine

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Rodando “La última lágrima” con Michel Gondry

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El galardonado Michel Gondry llegó a Buenos Aires para ofrecer su workshop “Usina de películas amateurs”. Una suerte de instalación interactiva con un aproximado de 12 film-sets lúdicos provenientes de su imaginario; pero rediseñados por escenógrafos argentinos y un equipo proveniente de Francia. Un sueño hecho realidad para todo el que sea fan de este carismático y afamado creador audiovisual. ¿Y qué mejor que vivir un sueño engendrado en la mente del propio Gondry? Es entonces cuando, en una jugada maestra, “La Noche los Museos” aprovechó para concentrar su -eterno- esplendor en el realizador francés y, a su vez, añadir una entrevista/charla con los asistentes. El ameno diálogo conducido por Sebastián De Caro se extendió por dos horas y recorrió los principales títulos de su filmografía. El oscarizado cineasta, de hecho, inauguró la muestra en la Usina del Arte de Buenos Aires en la noche del pasado sábado 4 de noviembre.

Si bien Michel Gondry no participará en los talleres (durante los casi 60 días que permanecerá la instalación) sí se hizo presente en la primera prueba de la actividad, una operación off-the-record bajo el mismo reglamento y con algunas sorpresas extraordinarias. La fábula de final feliz que pocos conocen es que un equipo de camarógrafos y productores del equipo de Gondry llegaron a Buenos Aires desde inicios de noviembre y de inmediato comenzaron a rodar en una conocida villa de la capital. De ahí extrajeron a Roque (un boxeador) y lo invitaron a salir de la rutina en la usina (junto a su pequeña hija, Luna) como participante de esta diminuta fábrica de películas. A él se sumaron curiosos y vecinos del barrio en un ejercicio de telerrealidad que, simultáneamente, se convirtió en el making of de la primera experiencia argentina, rodada tan solo minutos antes del encuentro con el director en el auditorio. Tuve la fortuna de ser sumado a último momento al experimento por el simple hecho de estar en el lugar indicado mucho antes de la hora indicada.

El taller es un tríptico minuciosamente configurado en tiempo y espacio. En la primera etapa se conciben ideas, sinopsis, título y género. También se conocen las primeras reglas protocolares. La segunda fase consiste en el vestuario, carteles de títulos y algo parecido a la creación de una escaleta (se calculan escenas, extras, etc.). Cada una de estas fases debe durar 45 minutos y cada una de ellas se ejecuta en un espacio diferente. Todo es decidido democráticamente entre el grupo. Todo es veloz, gratuito y muy gracioso.

Finalmente, se rueda en la instalación durante una hora. Lo ideal es hacerlo de forma lineal, usando los escenarios y algunas de las ilusiones ópticas (con sello Gondry) dispuestas estratégicamente en la muestra. Mientras más rústico, pues mejor. Un consultorio, un campamento, un dormitorio, un bar, un videoclub, un quiosco y hasta un vagón de tren forman parte del grupo de escenarios minúsculos. Uno se siente habitante de algún videoclip noventero de Björk.

Todos deben aparecer frente a cámara. A mí me tocó ser policía (traje y peluca incluidos) en una breve participación de un minuto. Esto me regaló tiempo para capturar las imágenes de los documentalistas que hacían registro del rodaje. Una especie de puesta en abismo de todo lo que estaba pasando (algo muy gondriano). Por su parte, el documental se centra en la figura de los participantes y, en especial, de Roque. Seguramente será publicado en internet dentro de un par de meses.

Una vez finalizada la actividad el equipo debe inventarse una carátula de DVD en pocos minutos. Mientras esto sucede, un editor digitaliza el material que será entregado a los participantes. Para este momento ya estábamos más relajados y orgullosos de haber terminado la producción. El paréntesis fue empleado por el mismísimo Michel Gondry para acercarse y conocer a todos los presentes. Fue el espacio para las selfies, el autógrafo y la cháchara en mal francés. Más que dar recomendaciones, las pidió. No conforme con ello, el realizador permaneció en la actividad y fue un espectador más de la premiere de “La última lágrima” (así bautizamos a nuestra propuesta, la pueden ver a continuación). Y los documentalistas tomaron nota de todo.

CORTO: LA ÚLTIMA LÁGRIMA

 

La actividad es como un regreso increíble a la infancia. Mi bigote de cartulina fue coloreado con marcador por una niña y pude garabatear tan torpemente en la lámina de créditos como no lo hacía desde el kindergarden. En todo caso, el sentido final de hacer una película amateur con Michel Gondry no es la calidad, sino la cantidad. Para el último día de 2017-según los guías de la Usina- se esperan entre 500 y 600 películas realizadas en la instalación de Buenos Aires. La misma gente (eso espero) irá colgando las obras en internet y, además, formarán parte de la videoteca del lugar. Al término de la faena y siendo muy similar al final visto en “Be kind rewind” todo vale en la “Usina de películas amateurs”. El cine no es algo de élite, cualquiera puede hacerlo, sólo se requiere pasión y ganas de divertirse. La esencia del taller es el sentido de comunidad que transmite y, claro está, conocer el arte tras las películas “suecadas” de las que tanto ha hablado el director. Es decir, disparador es el cine en sí mismo.

Es precisamente esa sensación de entusiasmo la que es detonada en la actividad. Algo que ya ha funcionado con éxito en cada rincón del mundo en donde se ha ejecutado el workshop. La idea es transportar a cualquier persona de cualquier edad al fantástico mundo de las películas, por medio de las leyes y escenarios concebidos para la ocasión. ¿Mi recomendación? Guarden su cupo. Es una oportunidad única. Y si eres un seguidor de Gondry, posiblemente disfrutes el triple.

 

 

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